Por Luis Rivera. Gastada está la inclusive denominada “ley de vida”, no por ello cierta, que afirma que el único camino para alcanzar el éxito y una utópica perfección es el esfuerzo constante y la lucha incesante. Si bien es algo que no se puede desechar de tajo porque en más de una ocasión esos elementos han dado resultados considerablemente ideales; el sustentar una vida en ello trastoca en repetidos casos los órdenes mentales y las condiciones sociales que a un humano promedio lo mantienen en relativa estabilidad.

Representar aquello en pantalla hay cientos de formas y a Damien Chazelle (1985) parece convencerle en mayor medida la de hacerlo por medio de historias detrás de las partituras. Debutó como director en la independiente Guy and Madeline on a Park Bench (2009) que gira en el ámbito jazzístico norteamericano, y en el plano clásico escribió Grand Piano (2013); ambos trabajos faltos de buen recibimiento.

Whiplash: La obsesión del querer ser

Con Whiplash (2014), además de que regresa al jazz, parece haber dado finalmente en el punto emocional indicado al que la música es capaz de prestarse, y gracias al cual es posible hacer cimbrar a casi cualquiera sobre su asiento. No hablamos de una película que le demande demasiado al espectador, no siempre se requiere, hay veces que basta sincopar un discurso y llevarlo al extremo para tocar profundo y cumplir con audacia uno de los cometidos que tiene el cine.

La historia de Andrew Neyman (Miles Teller) que apesta a obsesión exasperante, pero que a su vez contagia motivación, es la de un baterista que ingresa al Shaffer Conservatory con el afán único de convertirse en uno de los mejores de la historia, de momento guiado por el compulsivo profesor Terence Flecher (J.K. Simmons) y contextualizado por la sombra de un padre que no alcanzó el pleno triunfo, una familia que tiene otros referentes y una novia que le demuestra que llegar a la cima sin compañía distractora no es una garantía.

Whiplash: La obsesión del querer ser

Una cinta vertiginosa que no presta lugar a reflexiones intermedias, un guión agresivo que deriva en lo humorístico, actuaciones contundentes, una musicalización que marca la pauta del 80% del montaje y un final hilarante, nada sentimentalista y que no sentencia lo que sugiere.

Atreverse a asegurar algún hubiera es reprobable, pero muy probablemente Don Ellis estaría satisfecho, al menos emocionalmente, de haber visto el resultado que una de sus composiciones inspiró.

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