Por Luis Rivera. Somos muchas personas distintas a lo largo de la vida. No me gusta negar a ninguna que algún día fui. Como mi época de fiel aficionado al fútbol, también hubo una en la que Zoé era una banda que me ofrecía gratos momentos. Hoy (19 de septiembre), después de varios años, los volví a ver en la House of Vans. Aunque ya no creo en la música nueva que hacen, la pasé bien. Fue como subirse un momento a la maquina de Marty McFly y aterrizar en años en los que uno era más imbécil de lo que hoy es.

house of vans

El escenario para esto formaba parte de un complejo militar capitalino en el que al entrar te sentías más inseguro de lo normal. Rodeado de hombres vestidos de verde con la mirada acosadora, esa que acostumbran tener tales sujetos al menos en nuestro país.

La fila de personas para acceder al sitio incluía desde la fan irremediable y de poco control emocional que se esfuerza en hacer cartelitos con el nombre de la banda y adornarlos con pinturas y plumones que le sobran de cuando iba en secundaria, hasta el novio poco entusiasta que se consuela porque al menos ve a su querida emocionada tomándose una instantánea con el fotógrafo oficial del evento.

Hacer un cálculo del número de personas que iban primordialmente porque aquello era barra libre (sí, alcohol gratis para 10 mil personas) es en realidad sencillo: casi todas. Uno no ocupa su noche de sábado para subir hasta lo más alto de Avenida Constituyentes y tener que pasar retenes militares únicamente para ver a una banda consagrada y a otras cuantas de relleno.

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Un amigo mío estuvo unos días antes insistiendo en que le consiguiera pases de prensa porque tenía muchas ganas de asistir, claro, para emborracharse. Ese día lo encontré entre la marabunta de personas ya con cierto arrastre en la lengua y con una cerveza en mano. Había tenido que pagar por los boletos porque nunca pudo conseguirlos gratis, como originalmente eran.

En realidad de la música hay poco que decir. Bandas emergentes (Future Feelings) con vocalistas que poseen fama gracias a ser estrellas de YouTube, más que por cantar bien.

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Otras (MIJO) que se creen tal ente musical pero que en realidad son dos tipos: uno dedicado a soltar secuencias desde su computadora y otro a tocar un par de percusiones para que aquello pierda un poco de inmovilidad.

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Rey Pila, quienes seguramente aparecerán pronto en las cajas de cereal, cumplieron con la faceta y el prestigio de estar firmados con la disquera de un decadente Julian Casablancas, y de haber abierto la gira más reciente de Interpol. Buen ejecución instrumental empeñada en cantar en inglés dentro de un país hispanohablante donde, si naciste aquí y tu idioma natal es el español, lo más probable e incluso comprobado es que te funcione cantar en el mismo idioma. Más allá de que tus padres te hayan pagado una universidad norteamericana y asegures que ya piensas en inglés. Ah, y que rimar las letras es más sencillo en la lengua anglosajona.

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Zoé, vaya, no hay demasiado halago que hacerles. Están consagrados y con mérito suficiente. Tienen varios póker de canciones que han marcado a más de una generación y de tantas veces de tocarlas han comenzado a hacerlo en nuevas versiones. “Love” dejó de sonar a ese sonsonete balbuceante que nos conquistó en la preparatoria y pasó a mutar en una canción maciza que revela que los integrantes ya rondan los 40 años.

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Una noche que tenía como objetivo salir gateando del sitio fue exitosa para muchos. A otros nos sirvió más para retroceder un poco en el tiempo, sí, acompañado de unos tragos.

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