Por Luis Rivera. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Esta pregunta se trata de resolver todo el tiempo sin éxito de precisión. Pero si lo hacemos de fotografía en cine Emmanuel Lubezki debería estar incluido en esa conversación, el seis veces nominado al premio de la Academia es la pieza angular en Birdman (La inesperada virtud de la ignorancia), la más reciente película del también mexicano Alejandro González Iñárritu.

Raymond Carver y su obra What We Talk About When We Talk About Love sirven de pretexto para construir un guión abrumado en negritud y honestidad en el que Michael Keaton y Edward Norton compiten por llevarse la mayor parte.

Es verdad, González Iñárritu es considerado uno de los grandes directores de nuestro país fundamentalmente por su Death Trilogy con la que consiguió premios en Cannes y en los Golden Globes. Más allá de eso “El Negro” es un cineasta poco prolífico. Una cosa sabe hacer: rodearse de las personas indicadas.

Tras 4 años de ausencia luego de estrenar Biutiful, cinta que dividió a la crítica, Iñárritu regresa con muy probablemente su mejor entrega. Comedia negra entintada en drama donde Keaton encarna a Riggan Thomson, un actor retirado del cine luego de interpretar a un afamado superhéroe. La decadencia y la lucha por destacar en la pretenciosa escena teatral de Nueva York lo mantienen en constante conflicto.

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Son muchos los elementos dignos de aplaudirle al filme pero primordialmente tres: el guión, la música y la fotografía. Para esta última dejó de lado por primera vez a su incondicional Rodrigo Prieto y se hizo de Emmanuel Lubezki, que junto con Gabriel Figueroa son los mejores representantes de dicho ámbito en la historia del cine mexicano. “El Chivo” ganó este año el Oscar gracias a su trabajo en Gravity y no sería nada descabellado indicar que la meritocracia se lo debería entregar de nuevo en 2015. Aunque si tuvieron que pasar 5 nominaciones para dárselo, quizá necesite esperar igual cantidad de tiempo para ser nuevamente acreedor.

La cinta está conformada por contados planos secuencia de larga duración que enfrascan al espectador en una tensión indeleble. La cercanía que Lubezki le otorga a la cámara sin rozar siquiera la invasión es lo que pone a Birdman en un plano estético de tremenda pulcritud. No se trata unicamente de una habilidad para retratar grandes escenarios como lo hizo en Gravity. Ahora el marco de acción gira en torno a una misma cuadra neoyorquina y consigue derribar cualquier impedimento que esto pudiera significar.

La batería del igualmente nacional Antonio Sánchez es un elemento que embona de manera peculiar con la estrechez de los pasillos del teatro y con ese rasposo humor que no abandona nunca a los personajes, Emma Stone incluida (quien hace las veces de Sam, hija de Keaton). Prácticamente todo, salvo un par de escenas, es musicalizado por las baquetas y la improvisación de Sánchez, cuestión poco común y gracias a la cual la película se desentiende de los clásicos momentos de climax generados por canciones poseedoras de múltiples emotivos. Él no los necesita.

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Si bien en el guión intervino el director, son tres más quienes lo acompañan en los créditos. Evidencia de que la cinta es un trabajo mucho más de industria delegado al mexicano, que un proyecto en donde él tuviera la batuta desde su concepción.

Iñarritu dirigió Birdman, Lubezki la hizo.

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